No está en Río de Janeiro, está en una de las zonas más bellas y desconocidas de Italia: así es el Cristo Redentor de Maratea

Entre curvas de montaña y mar azul surge uno de los monumentos más singulares de la provincia de Potenza

Cuando alguien menciona una estatua del Cristo Redentor, la mente casi siempre viaja sola hasta Río de Janeiro. Aparece la bahía, el Corcovado, esa silueta con los brazos abiertos dominando la ciudad. Es la imagen más reconocida del mundo, sin duda. Pero no es la única.

España, por ejemplo, tiene la suya. Cerca de Madrid, en Getafe, el monumento del Cerro de los Ángeles pasa desapercibido para mucha gente. Esta vez, sin embargo, ni Brasil ni Getafe protagonizan la historia. El foco apunta a Maratea, un municipio de la provincia de Potenza, en la región de Basilicata, al sur de Italia. Una zona mucho menos frecuentada que Calabria o Puglia, pero cargada de sorpresas genuinas.

Un rincón costero en el corazón del sur italiano

Maratea rompe el molde de una región habitualmente asociada al interior. El municipio se asoma al mar Tirreno y acumula en pocos kilómetros calas escondidas, acantilados imponentes y pequeñas playas de agua transparente. Por encima de todo eso se eleva Monte San Biagio, una terraza natural privilegiada donde aparece el Cristo Redentor de Maratea: blanco, enorme, con los brazos extendidos hacia el horizonte.

Desde el valle ya genera una impresión poderosa. Desde la cima, directamente, corta la respiración.

La historia detrás del Cristo Redentor de Maratea

La estatua se levantó entre 1963 y 1965, obra del escultor Bruno Innocenti, impulsada por el conde Stefano Rivetti di Val Cervo. La figura supera los 21 metros de altura y roza los 19 metros de envergadura. Su acabado combina cemento con fragmentos de mármol, lo que hace que brille con intensidad en los días de sol despejado.

No es una copia del Cristo de Corcovado. Rostro y proporciones tienen personalidad propia, algo que se aprecia claramente incluso en fotografías. Esa diferencia le da al monumento un carácter genuino que sorprende a quien llega esperando una simple imitación.

Cómo llegar y qué esperar al visitarlo

Acceder al Cristo resulta bastante sencillo si ya se está en Maratea. Una carretera asciende hasta las inmediaciones de la basílica de San Biagio, muy cerca de la cima. Desde el aparcamiento, el tramo final se completa a pie en un recorrido corto que combina rampas con algunos escalones.

En temporada alta conviene salir con tiempo, porque pueden establecerse restricciones de tráfico en las horas de mayor afluencia. En esas fechas suele habilitarse una lanzadera desde cotas más bajas. Agua, gorra y calzado cómodo son todo lo que hace falta, especialmente cuando aprieta el sol.

Más allá de la estatua: qué ver en la cima

Llegar arriba no significa que la visita termine en la estatua. La basílica de San Biagio ofrece un paréntesis tranquilo con un interesante trasfondo histórico. Los restos del Castello de Maratea, núcleo antiguo fortificado, completan el paseo con una lectura del territorio que merece la pena.

Desde los miradores, la costa se despliega como un mapa real: entrantes, puntas rocosas y un mar que muda de tono con cada hora del día. La luz del amanecer suaviza el blanco del monumento. Al atardecer, las sombras esculpen los volúmenes y el Tirreno se tiñe de dorado.

Bajar al mar: el plan perfecto para completar la jornada

Para sacar el máximo partido al día, lo ideal es descender después hacia la costa. El puerto de Maratea funciona como punto neurálgico para comer, pasear y embarcar. Un recorrido en barco permite entender la silueta recortada del litoral y alcanzar calas inaccesibles desde tierra.

Frente a la línea de costa destaca el islote de Santo Janni, muy fotogénico y fácil de identificar desde el agua. En tierra, algunas playas ofrecen acceso cómodo y un ambiente familiar relajado. Otras exigen algo más de esfuerzo, pero recompensan con agua cristalina y una calma difícil de encontrar en destinos más conocidos.

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