Análisis: Trump celebra tras el mayor giro contra las políticas climáticas hasta ahora

Una celebración en la Casa Blanca con consecuencias históricas

Rodeado de aliados en la Casa Blanca, Donald Trump festejó una decisión que podría redefinir la política climática de Estados Unidos durante toda una generación.

El presidente presentó el desmantelamiento de un pilar jurídico central de la regulación climática estadounidense como una victoria frente a la política verde "radical". Mientras tanto, científicos, demócratas y organizaciones civiles advirtieron que el impacto irá mucho más allá del teatro partidista de Washington.

El mayor retroceso climático de Trump hasta la fecha

Trump anunció que su administración revocará la determinación de peligro de 2009, la evaluación científica y jurídica histórica que concluyó que la contaminación por gases de efecto invernadero daña la salud pública y el medio ambiente.

Durante casi 17 años, esa determinación sirvió de base a las normas climáticas federales aplicadas a automóviles, centrales eléctricas e industria pesada. Fue el motor legal que respaldó los intentos de reducir las emisiones de carbono en los sectores que más contribuyen al calentamiento del planeta.

La determinación de peligro funcionaba como la piedra angular de la política climática federal. Al eliminarla, se ataca el cimiento mismo, no solo las paredes.

Con su tono habitual de mitin, Trump describió la medida como un golpe contra lo que denominó el "Nuevo Engaño Verde" de los demócratas, asegurando que estaba rescatando a la economía de una "regulación asfixiante". La Casa Blanca, por su parte, presentó el cambio como uno de los actos más trascendentales de su segundo mandato.

Un péndulo climático que oscila con más violencia que nunca

La política climática de Estados Unidos ha virado bruscamente en cada cambio de administración, pero esta decisión empuja el péndulo mucho más lejos que en ocasiones anteriores.

En su primer mandato, Trump retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París y eliminó decenas de normas medioambientales. Joe Biden invirtió el rumbo: regresó al Acuerdo de París, restableció varias protecciones y puso en marcha incentivos relevantes para la energía limpia.

Ahora Trump no solo ha vuelto a abandonar el Acuerdo de París, sino que también ha atacado la propia arquitectura legal que permitía a futuros presidentes regular las emisiones.

En lugar de modificar reglamentos concretos, la administración fue directamente a la raíz jurídica que hacía posibles esos reglamentos.

Juristas especializados en medio ambiente advierten de que revocar la determinación de peligro puede debilitar las normas vigentes sobre emisiones de vehículos y contaminación del sector eléctrico, y dificultar enormemente la aprobación de nuevas protecciones climáticas en el futuro sin tener que reiniciar desde cero largos procesos científicos y administrativos.

Primero la política, después la ciencia

Trump lleva años ridiculizando la ciencia del clima, calificando el calentamiento global de "fraude" y "engaño". En el acto celebrado en la Casa Blanca, volvió a restarle valor a la investigación que sustentó la decisión de 2009, prefiriendo centrarse en los costes a corto plazo y en el cálculo electoral.

A su lado, el administrador de la Agencia de Protección Ambiental (EPA), Lee Zeldin, calificó la determinación científica como el "santo grial de la religión del cambio climático" y afirmó que su eliminación es "el mayor acto individual de desregulación en la historia de Estados Unidos".

Este encuadre encaja en una narrativa republicana de larga data: las normas medioambientales se presentan como burocracia que frena el crecimiento, y los defensores del clima quedan retratados como ideólogos, no como científicos o economistas.

Lo que la administración dice querer lograr con la revocación

Según Trump, eliminar la determinación incrementará la producción de combustibles fósiles, reducirá los precios de la energía y reforzará la competitividad de la industria estadounidense. Destacó especialmente el sector del automóvil, prometiendo coches más baratos y menos restricciones para los modelos de gasolina y diésel.

El presidente garantizó que los estadounidenses ahorrarán "miles de dólares" en la compra de coches nuevos una vez que desaparezcan las exigencias vinculadas al clima.

Trump arremetió también contra lo que denominó la "obligación de los vehículos eléctricos" asociada a las políticas de Biden. En la práctica, el programa de Biden se apoyaba principalmente en beneficios fiscales y en una red nacional de recarga, no en imponer a los consumidores la compra de vehículos eléctricos. Aun así, ese matiz difícilmente tendrá cabida en los discursos de campaña.

  • Los productores de combustibles fósiles ganan margen en los objetivos de emisiones y en sus planes de inversión.
  • Los fabricantes de automóviles enfrentan menos presión para acelerar modelos eléctricos y mejoras de eficiencia.
  • Estados y ciudades pueden verse obligados a crear sus propias normas para compensar el vacío federal.
  • Los litigios sobre el deber del Estado de regular la contaminación tienden a intensificarse.

Demócratas y organizaciones climáticas: una reacción furibunda

Las organizaciones medioambientales y los líderes demócratas respondieron con indignación, advirtiendo de que el retroceso aumentará la contaminación, agravará los impactos climáticos y perjudicará la salud pública.

Barack Obama, cuyo gobierno emitió la determinación de peligro, afirmó que Estados Unidos quedará "menos seguro, menos saludable y menos capaz de combatir el cambio climático, todo para que la industria de los combustibles fósiles gane aún más dinero".

Los activistas argumentan que desmontar la base legal de la regulación envía una señal poderosa al sector: contaminar más ahora y preocuparse menos por las penalizaciones futuras. También alertan sobre un posible freno a la innovación, al volver a inclinar el terreno a favor de tecnologías más antiguas y más contaminantes.

Para los críticos, esto no es simple desregulación: es una invitación a aplazar la limpieza todo el tiempo que la política lo permita.

Un efecto colateral probable, señalado por analistas, es el aumento de la incertidumbre para empresas con cadenas globales. Aunque las normas federales se relajen, muchos exportadores seguirán enfrentando exigencias climáticas y de divulgación en otros mercados, lo que podría llevar a estrategias duplicadas con costes y riesgos reputacionales adicionales.

Paralelamente, la decisión puede repercutir en la diplomacia climática internacional. Cuando la mayor economía del mundo menosprecia su marco regulatorio, las negociaciones y los compromisos multilaterales se vuelven más difíciles, y otros países pueden verse presionados a elegir entre acelerar la transición o suavizar sus objetivos por temor a perder competitividad.

Olas de calor, incendios e inundaciones como telón de fondo

El momento del anuncio tiene una carga política notable. Los científicos han documentado cómo el cambio climático está intensificando las olas de calor, las sequías, los incendios forestales y las inundaciones en Estados Unidos y otras regiones.

Desde temperaturas récord en el Sur y el Oeste hasta el humo de incendios que tiñó recientemente de naranja los cielos de la Costa Este, los fenómenos meteorológicos extremos han dejado de ser un debate abstracto. Los mercados de seguros tambalean en zonas vulnerables a inundaciones e incendios, y los agricultores afrontan temporadas de cultivo cada vez más inestables.

Esta realidad contrasta con el mensaje de la Casa Blanca, centrado principalmente en el precio de los combustibles y el coste de los automóviles, y no en la subida del nivel del mar o en la reducción de la nieve acumulada en las montañas.

Una apuesta electoral ante las elecciones de mitad de mandato con la reacción "anti-verde"

La medida funciona también como arma de campaña antes de las elecciones de mitad de mandato de noviembre, en las que estará en juego el control del Congreso. Trump y los republicanos apuestan por que atacar el "exceso climático" moviliza a su base y atrae a votantes desconfiados ante los cambios económicos rápidos.

Defienden que la agenda climática de los demócratas está desconectada de la realidad, es agresiva y demasiado cara. La expresión "Nuevo Pacto Verde", que llegó a ser un eslogan movilizador para los progresistas, se ha convertido en un blanco habitual en los mítines conservadores.

Sin embargo, las encuestas nacionales apuntan a un panorama más complejo. Sondeos de instituciones como Yale y Gallup indican un aumento sostenido, a lo largo del tiempo, de la preocupación por el calentamiento global. Casi dos tercios de los estadounidenses dicen estar preocupados, y casi la mitad considera que supondrá una amenaza seria durante su vida.

La opinión pública se ha desplazado hacia una mayor preocupación climática, incluso cuando la política climática en Washington se vuelve más polarizada.

Esa diferencia entre retórica y preocupación real puede ser decisiva. Los votantes jóvenes, suburbanos y muchos independientes tienden a situar el clima por encima de las prioridades típicas de la base de Trump, y son precisamente ellos quienes pueden definir los resultados en distritos clave.

Qué hace realmente la determinación de peligro

La expresión "determinación de peligro" suena técnica, pero la idea es directa. En 2009, el gobierno de Estados Unidos reconoció formalmente que los gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono y el metano, ponen en riesgo la salud pública y el bienestar.

Con esa conclusión, la EPA quedó legalmente obligada a regular esos gases al amparo de las leyes vigentes sobre contaminación del aire. Por eso fue posible construir normas de eficiencia para automóviles, reglas para centrales eléctricas y otras medidas climáticas sin necesidad de aprobar nuevas leyes en el Congreso.

Revocar la determinación no borra automáticamente todas las normas climáticas, pero elimina el deber subyacente de actuar. A partir de ahora, cada reglamento puede ser impugnado con el argumento de que ya no existe el detonante legal que obliga a controlar los gases de efecto invernadero.

Antes de la revocación Después de la revocación
La EPA estaba obligada a tratar los gases de efecto invernadero como contaminación peligrosa. La EPA puede sostener que los gases de efecto invernadero no son legalmente "amenazantes".
Existía una base clara para las normas climáticas nacionales. Las nuevas normas pueden enfrentarse a impugnaciones judiciales más profundas.
Los gobiernos podían endurecer o suavizar las normas sobre un fundamento común. El propio fundamento pasa a estar en disputa, no solo los detalles de las normas.

Qué puede ocurrir a continuación

La decisión tiene una alta probabilidad de acabar en los tribunales. Estados gobernados por demócratas, organizaciones medioambientales y posiblemente entidades sanitarias previsiblemente impugnarán la revocación, argumentando que la evidencia científica es aún más sólida que en 2009.

Si los jueces dan la razón a la administración, los futuros presidentes podrían tener que repetir todo el proceso científico y burocrático para restablecer una determinación de peligro, algo que puede tardar años. Durante ese tiempo, las emisiones seguirían acumulándose en la atmósfera.

Estados como California, Nueva York y Massachusetts previsiblemente reaccionarán endureciendo sus propias normas sobre automóviles, edificios y electricidad. Esto puede crear un mosaico regulatorio: empresas sujetas a estándares estrictos en algunas regiones y a exigencias mucho más laxas en otras.

La batalla legal decidirá no solo lo que esta administración puede hacer, sino cuánta libertad tendrá cualquier futuro presidente para actuar en materia climática.

Cómo llega esto a la vida cotidiana

Para muchos estadounidenses, regular los gases de efecto invernadero parece un asunto lejano, pero las consecuencias se cuelan en las rutinas diarias.

Las normas de eficiencia de los vehículos influyen en la frecuencia con que se reposta. Las reglas para las centrales eléctricas condicionan si la electricidad proviene del gas, el carbón, el viento o la energía solar. Y los fenómenos meteorológicos extremos impulsados por el clima afectan a todo, desde la prima del seguro del hogar hasta el precio de los alimentos.

Los retrocesos regulatorios raramente se sienten de un día para otro. El deterioro de la calidad del aire es gradual. El riesgo de inundaciones aumenta poco a poco. Las olas de calor se vuelven algo peores década tras década. Este desfase entre decisión e impacto hace que la política climática sea especialmente vulnerable a la lógica del corto plazo.

Conceptos clave que merece la pena aclarar

Dos términos discretos sustentan este debate: externalidades y bloqueo tecnológico. Las externalidades son los costes ocultos de la actividad económica que el mercado no refleja en los precios, como los gastos hospitalarios por contaminación del aire o los daños en viviendas por la subida del nivel del mar.

Cuando las normas se debilitan, quien contamina tiende a pagar menos y los consumidores pueden pagar menos a corto plazo. Sin embargo, la sociedad absorbe una porción mayor de esos costes invisibles a través de efectos en la salud, daños en infraestructuras y perturbaciones asociadas al clima.

El bloqueo tecnológico describe cómo las decisiones de hoy limitan las opciones de mañana. Autorizar nuevas infraestructuras fósiles o fabricar vehículos de alto consumo tiende a perpetuar esos patrones durante décadas. Al eliminar la determinación de peligro, se incrementa el incentivo para invertir en sistemas energéticos más anticuados precisamente cuando las alternativas más limpias están ganando escala.

En la práctica, Estados Unidos está haciendo una apuesta a largo plazo: energía fósil más barata ahora a cambio de mayores riesgos climáticos y sanitarios después. La factura completa de esa elección no llegará en un solo mandato, sino a lo largo de la vida de los votantes que presenciaron este momento desde sus hogares.

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