¿Por qué todo el mundo odia «Cumbres Borrascosas»?

Una adaptación que divide: ¿qué falla en la nueva versión?

La adaptación de la novela de Emily Brontë está lejos de generar consenso. ¿Qué explica tanta división?

Publicada en 1847 bajo el seudónimo Ellis Bell, Cumbres Borrascosas fue recibida desde sus inicios como una obra incómoda: dura, a veces violenta y moralmente poco "ordenada". Es también la única novela de Emily Brontë, publicada el mismo año en que Charlotte presentaba Jane Eyre.

Hoy es un clásico indiscutible: no solo por su trama densa, sino por la manera en que narra la historia, con narradores múltiples, saltos temporales y personajes que raramente encajan en categorías de "buenos" y "malos". Con semejante influencia en la cultura popular, las adaptaciones eran inevitables. El problema es que este es un libro donde mover una pieza altera todo el mecanismo.

En 2026, la directora Emerald Fennell firmó una nueva versión que generó controversia desde el primer momento. Ahora que el filme ha llegado al público, el rechazo ha sido sonoro. ¿Por qué? Un análisis breve pero necesario.

Cumbres Borrascosas: impresionante visualmente, pero ¿vacía por dentro?

Entrar a la sala dispuesto a dar el beneficio de la duda —especialmente tras la propuesta provocadora de Saltburn (2023)— no evita la sensación, tras 2 horas y 16 minutos, de estar ante un filme técnicamente brillante que no logra cargar con el peso emocional y moral de la novela.

El mayor obstáculo es la decisión de realizar una adaptación extremadamente libre. En la práctica, la historia se reduce casi por completo a "Catherine + Heathcliff", y eso lo cambia todo. En el libro, el romance no es el centro moral: es el motor de una espiral de orgullo, humillación y venganza que contamina la casa, la familia y la generación siguiente. Al eliminar o suavizar esa maquinaria, la relación pierde su faceta más perturbadora y, con ella, la razón por la que el libro sigue incomodando.

Algunas ausencias y podas resultan especialmente significativas:

  • Personajes y conflictos que funcionan como presión constante, incluido el hermano de Catherine, cruel y decisivo en el equilibrio de poder.
  • El lado más oscuro de las elecciones de los protagonistas: la crueldad psicológica, el cálculo frío, el castigo prolongado, que en la novela nunca es decorativo.
  • La dimensión generacional: Cumbres Borrascosas no es solo una pasión; es también el rastro que deja en hijos y herederos, como si la propia casa guardara memoria.

Existe además un punto central que el filme esquiva: el origen y la "diferencia" de Heathcliff. En el texto de Brontë, está descrito como un muchacho adoptado marcado por la otredad —muchas lecturas subrayan una identidad no blanca y una asociación con lo "gitano"—, y es precisamente esa posición social —forastero, objeto de prejuicio y humillación— la que ayuda a explicar la hostilidad que lo rodea y la violencia que devuelve al mundo. Cuando ese eje se diluye o se ignora en el reparto y en el guion, la lógica interna se debilita: los personajes parecen reaccionar a un capricho más que a un sistema.

En el fondo, este es el nudo del problema: en Cumbres Borrascosas, la venganza y el orgullo anteceden a la historia de amor. Sin eso, solo queda una versión más limpia, pero menos honesta.

Emily Brontë y Emerald Fennell: cuando la fidelidad deja de ser un detalle

El guion parece empeñado en limar las aristas de prácticamente todo el mundo. Cathy y Heathcliff resultan más presentables, menos inquietantes, y eso vacía la propia relación. En la novela, ambos son antihéroes: fascinan porque asustan. Cuando esa amenaza se sustituye por un dramatismo más convencional, se pierde precisamente lo que hace singular a esta historia.

Conviene recordar también por qué adaptar este libro es tan difícil. No vive del "quién ama a quién", sino de su estructura y su atmósfera:

  • Una narrativa en capas —historia contada por terceros, con memoria, omisiones y sesgo— que genera distancia e incomodidad deliberadas.
  • Un entorno que corroe: el aislamiento, la clase social, la pertenencia y el resentimiento no son telón de fondo, sino combustible.
  • Tensión generacional: la violencia emocional no "termina" con la pareja, sino que se prolonga, cambia de forma y pasa de unas manos a otras.

Cuando una adaptación simplifica este mecanismo, corre el riesgo de transformar un drama corrosivo en una historia romántica más digerible. Es exactamente ahí donde muchos lectores sienten la traición: no por pedantería, sino porque el libro funciona como un sistema. Si se elimina la marginalización y la brutalidad, la motivación de los personajes deja de encajar.

La polémica sobre el reparto y la representatividad no es un añadido moderno al texto. Aunque la novela no nombre las cosas como lo haríamos hoy, la exclusión de Heathcliff está en el centro del conflicto. Eliminarla no es cambiar un detalle: es cambiar la causa misma.

Erotismo en exceso, pasión de menos

La propia directora habló de cumplir una fantasía adolescente. En pantalla, eso se traduce en una sucesión de escenas eróticas que, por su repetición, acaban resultando menos intensas de lo que pretenden, y con frecuencia poco necesarias para la progresión dramática.

El problema es que esta elección choca directamente con la naturaleza de la pasión en la novela: obsesiva, asfixiante, no siempre consumada de manera directa. En el libro, la frustración y lo prohibido son parte del veneno. Al explicitarlo todo, el filme reduce la tensión en lugar de amplificarla: erotiza, pero no profundiza.

Dicho esto, hay méritos evidentes. Cumbres Borrascosas impresiona en su diseño de producción y vestuario; Fennell vuelve a demostrar pulso firme en la puesta en escena y en una fotografía deslumbrante. La banda sonora contribuye a crear cierto estado de trance y, por momentos, casi consigue hacer olvidar la fragilidad de los diálogos y del guion. Casi.

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