El megaproyecto de la ciudad en el desierto de Arabia Saudí se reduce. ¿Es cordura abandonar las ilusiones climáticas o una traición a la última gran apuesta de la humanidad?

De la fantasía de un billón de dólares a la realidad (más corta y más dura) de NEOM The Line

Justo después del amanecer, el desierto que rodea Tabuk casi parece manso. La luz llega suave, el aire todavía es fresco y, durante un breve instante, es posible olvidar que este es uno de los lugares más despiadados del planeta. A lo lejos, las grúas permanecen inmóviles, como insectos atrapados en el tiempo, alineadas en el trazado donde debería levantarse una pared de espejos de 170 km capaz de partir la arena en dos mitades. Los trabajadores beben té dulce en vasos de plástico, esperando instrucciones que cambian al ritmo de cada nueva directiva llegada desde Riad.

En 2025, The Line de NEOM se encuentra en un estado difícil de definir: no ha muerto, pero tampoco ha cobrado vida. Está, eso sí, encogiéndose.

La promesa de una megaciudad en el desierto para 9 millones de personas está siendo discretamente replegada sobre sí misma: reducida a un primer tramo, un piloto, una especie de demostración de viabilidad.

Se puede llamar pragmatismo. O se puede llamar retirada.

Cuando Arabia Saudí presentó The Line, sonó menos a planificación urbana y más a ciencia ficción escrita con entusiasmo desbordante. Una ciudad sin coches ni calles, alimentada con energía 100% limpia, extendida en una línea rigurosamente recta a lo largo de 170 km de desierto. Las imágenes de presentación recordaban un escenario de Blade Runner teñido de dorado.

Hoy, el discurso oficial ya apunta a otra escala: construir únicamente una parte —una fase inicial, un segmento más corto— que quizás acoja algunas centenas de miles de residentes, en lugar de millones.

La arena, sin embargo, no avanzó a la velocidad de las presentaciones en diapositivas.

Sobre el terreno, la distancia entre el entusiasmo y el calor es palpable. Las máquinas ya han excavado acantilados para abrir paso a los primeros cimientos, y existen edificios de apoyo y campamentos levantados entre el polvo. Pero muchos de los elementos que incendiaron las redes sociales —taxis voladores, estadios suspendidos, lunas artificiales— siguen confinados a las pantallas.

The Line debía recibir habitantes en 2030. Ahora, incluso los más optimistas admiten en voz baja que, para entonces, lo más probable es que solo esté listo un tramo limitado: una ciudad piloto en lugar de una revolución a escala planetaria. Casi nadie dice "reducción"; se prefieren fórmulas como "desarrollo por fases" y "enfoque estratégico".

Este encogimiento no se explica únicamente por las finanzas, aunque las cifras son vertiginosas. El coste inicialmente estimado para NEOM se acercaba a los 500.000 millones de dólares, en un mundo que ya tiene dificultades para financiar la adaptación climática básica de los países más vulnerables. Con los costes de construcción disparándose y los ingresos del petróleo menos predecibles, los responsables están haciendo lo que cualquier persona hace cuando el presupuesto se duplica: se conserva lo esencial y se recorta el lujo.

Pero no es solo una cuestión de números. Existen límites físicos y biológicos. Levantar un corredor de cristal, climatizado y continuo, en un territorio donde el verano puede alcanzar los 50 °C, es una prueba de ingeniería brutal. Garantizar confort y supervivencia a millones de personas en ese sistema durante décadas, sustentado únicamente por renovables, es un desafío de otro orden.

Está también el factor agua, frecuentemente subestimado en el debate público. En un desierto, cada habitante, cada árbol y cada metro cuadrado climatizado empuja la demanda hacia la desalinización y hacia redes de distribución muy exigentes. Eso conlleva costes energéticos, salmueras que necesitan gestión cuidadosa y una dependencia técnica permanente: precisamente el tipo de fragilidad que los megaproyectos tienden a disimular hasta que algo falla.

También merece la pena fijarse en lo que ya funciona en la región: arquitectura con sombreado profundo, ventilación cruzada, patios y materiales adaptados al calor, combinados con transporte público eficiente. Una ciudad "del futuro" en el desierto no necesita solo superficies especulares; necesita, sobre todo, soluciones aburridas y eficaces para vivir bien con temperaturas extremas.

La historia de The Line empieza a parecerse menos a un salto a la Luna y más a un reaprendizaje: en el desierto, la naturaleza también vota.

¿Salto climático o monumento a la negación? The Line en el centro del debate

El argumento a favor de The Line siempre fue tentador: las ciudades densas y lineales pueden ser más eficientes, más limpias y menos dependientes del automóvil. Si se concentra la población en un espacio compacto, si se apilan los servicios en vertical y se alimenta el sistema con renovables, las emisiones bajan. Sobre una pizarra, en una sala climatizada, la lógica parece impecable.

Visto desde ese prisma, reducir la ambición suena a pérdida. El proyecto era una apuesta audaz —quizás excesiva— en la idea de que un país podría saltarse las reformas lentas e inventar, de una sola vez, un modelo completamente nuevo de vida urbana. Un prototipo post-petróleo grabado en la arena con dinero del petróleo. Hay una ironía casi poética en esa contradicción.

Sin embargo, cuando se habla en privado con científicos del clima y urbanistas, el entusiasmo da paso a la cautela. Muchos nunca aceptaron como realista la promesa de 9 millones de residentes, ya sea por razones ambientales o sociales. Levantar una megaciudad desde cero en el desierto implica emisiones enormes asociadas al acero, el cemento, la desalinización, la aviación y la refrigeración constante. Dicho de forma sencilla: se puede gastar muchísimo carbono persiguiendo una narrativa de neutralidad carbónica.

El ejemplo de las islas artificiales de Dubái ilustra bien el riesgo: mover arena para crear un símbolo puede convertirse en una herida ecológica duradera en el Golfo. The Line amenazaba con amplificar esa lógica hasta el extremo: un monumento gigantesco y frágil, construido por personas trabajando con 45 °C.

Y hay un momento universal en esta historia: aquel en que una idea atrevida —y secretamente fascinante— deja de resistir el choque con el mundo real.

La pregunta más incómoda es esta: ¿fue The Line una apuesta genuina por el clima o una distracción brillante, útil para desviar la atención del trabajo lento y poco glamuroso que da resultados? Prometió un futuro sin fricción —sin coches, sin contaminación, sin expansión urbana descontrolada— sin obligar a las ciudades existentes a enfrentarse a sus propios problemas.

Reducir el proyecto puede ser una victoria del sentido común. Menos kilómetros significan menos emisiones, menos riesgos y, potencialmente, menos desplazamiento de comunidades locales. También puede leerse como una admisión silenciosa de que los megaproyectos no sustituyen el trabajo persistente de aislar casas, electrificar autobuses, modernizar redes eléctricas y reparar sistemas de agua.

Seamos honestos: nadie se despierta cada mañana radiante ante la perspectiva de rehabilitar edificios viejos o revisar normativas urbanísticas. Pero es precisamente ese conjunto de mejoras discretas el que transforma las promesas climáticas en aire respirable.

Lo que la reducción de The Line significa más allá de Arabia Saudí

Para quien observa desde fuera, el repliegue de The Line deja una lección práctica: no tiene sentido apoyar toda la narrativa climática en visiones casi imposibles. Las herramientas que necesitamos ya existen, en versiones más modestas y replicables: barrios densos y de uso mixto, transporte colectivo fiable, árboles de sombra y cubiertas reflectantes, en lugar de paredes de espejos y drones como solución para todo.

De Seúl a París, varias ciudades están haciendo, sin gran espectáculo, lo que NEOM intentó convertir en un videojuego: acortar desplazamientos, restringir coches en zonas clave, crear carriles bici, rediseñar calles para personas y no para motores. Nada de esto se vuelve viral como una muralla de desierto de 500 metros de altura. Aun así, transforma la vida cotidiana de forma mucho más duradera.

Llevar los sueños a escala humana no es lo mismo que recortar la ambición; es acercarla al lugar donde la gente realmente vive.

La trampa más habitual en la política climática es el pensamiento binario: o apostamos por megaproyectos que "lo cambian todo", o nos rendimos a la desesperación. The Line alimentó esa lógica: si una ciudad futurista en el desierto no nos salva, ¿entonces qué nos salvará?

La realidad es menos nítida. Un mundo con vivienda algo mejor, transporte mucho mejor y redes eléctricas más limpias parecerá imperfecto y lleno de compromisos, pero será incomparablemente más seguro que un mundo que espera una megaciudad milagro mientras el nivel del mar sigue subiendo.

Ahí es donde duele para quienes se dejaron convencer por los vídeos pulidos de NEOM. Nunca fue solo sobre Arabia Saudí; fue sobre el deseo de creer que todavía existía un único gran golpe capaz de resolverlo todo de una vez.

La arquitecta e investigadora saudí Sara Nasser declaró: "The Line se vendió como una revolución, pero la verdadera valentía climática es invertir en ciudades normales y nada 'sexys', donde la gente ya lucha con el calor, el alquiler y la contaminación. Para eso no hace falta una pared de espejos: hace falta resistencia política."

  • Observa la proporción
    Si un gobierno dedica más tiempo a imágenes de síntesis y eslóganes que a líneas de autobús, aislamiento térmico y refuerzo de la red eléctrica, eso es una señal de alerta.
  • Sigue el rastro del dinero
    Pregunta hacia dónde va el presupuesto climático: hacia obras simbólicas o hacia recortar emisiones del día a día en vivienda, transporte y energía.
  • Escucha a quienes se ven obligados a moverse
    Cuando un proyecto desplaza comunidades existentes o trabajadores sin darles poder real en el diseño de las soluciones, hay más marketing que respuesta real.
  • Respeta los límites
    Los desiertos, las zonas costeras y los bosques tienen fronteras ecológicas. Cualquier plan que finja que esas fronteras no existen se asienta sobre ilusiones.
  • Protege las victorias "aburridas"
    Un nuevo carril bus no tiene el brillo de un taxi volador, pero puede ahorrar más emisiones, más tiempo y, en última instancia, más vidas.

¿Retirada, traición o un raro momento de madurez? NEOM The Line y el fin del fetiche del megaproyecto

La decisión de Arabia Saudí de recortar discretamente su sueño en el desierto nos obliga a encarar qué buscamos, en realidad, en la acción climática. ¿Queremos esperanza a cualquier precio, aunque venga envuelta en ilusión brillante? ¿O estamos, por fin, listos para aceptar que la gran apuesta quizás no sea una única megaciudad en la arena, sino millones de decisiones pequeñas repartidas por calles corrientes?

Tal vez el gesto valiente no sea insistir en la fantasía, sino admitir que el planeta no entiende de nuestros diseños.

Si la era de los megaproyectos está dando paso a una era de reparación, el cambio parecerá menos heroico y más responsable: menos llamativo, más esencial. Al mismo tiempo, existe una pérdida real en abandonar una visión que, a pesar de todos sus defectos, se atrevió a afirmar que nuestras ciudades podían ser radicalmente distintas.

Interpretar el repliegue de The Line como lucidez o como capitulación dice, probablemente, menos sobre Arabia Saudí y más sobre lo que cada uno todavía desea, en secreto, que el futuro llegue a ser.

Punto clave Detalle Valor para el lector
Los grandes sueños en el desierto tienen límites duros La visión de los 170 km de The Line está siendo reducida a un segmento inicial con desarrollo por fases Ayuda a entender cuándo las promesas climáticas chocan con la física, el dinero y el tiempo
Los proyectos simbólicos pueden ocultar necesidades reales Las imágenes tecnológicas y el marketing pueden solaparse a mejoras en transporte, vivienda y redes Invita a cuestionar dónde invierten los líderes y qué cambia realmente la vida cotidiana
Una ambición reducida no siempre es una derrota Disminuir el alcance puede reducir emisiones, riesgos y costes humanos, preservando ideas útiles Propone una lectura más matizada del "fracaso" en política climática y diseño urbano

Preguntas frecuentes

  • ¿El proyecto The Line fue cancelado o solo reducido?
    No ha sido cancelado oficialmente. Lo que se ha publicado y lo que sugieren las filtraciones apunta a un recorte hacia un tramo inicial más corto, dejando la expansión futura indefinida y dependiente de financiación, decisiones políticas y resultados sobre el terreno.
  • ¿Por qué se redujo The Line si se presentaba como un proyecto amigo del clima?
    Porque construir una megaciudad desde cero en el desierto consume cantidades enormes de acero, hormigón, energía y agua. A medida que los números se analizaron con mayor rigor, quedó patente que los costes ambientales, financieros y sociales eran muy superiores a lo que el mensaje promocional insinuaba.
  • ¿Puede una versión más pequeña de The Line enseñar algo útil igualmente?
    Sí. Un tramo limitado pero funcional puede servir de laboratorio para el diseño urbano denso, infraestructuras peatonales y servicios alimentados por renovables. La cuestión central es si los aprendizajes se compartirán y adaptarán a las ciudades existentes, en lugar de quedar encerrados como una experiencia de lujo.
  • ¿Reducir The Line significa que los países deben dejar de soñar a lo grande en materia de clima?
    No necesariamente. Significa que los grandes sueños necesitan límites claros, participación de las comunidades y una evaluación seria de las emisiones a lo largo del ciclo de vida. Las visiones grandiosas que ignoran la realidad urbana tienden a retrasar las transformaciones discretas que más importan.
  • ¿Qué puede sacar un lector común de esta historia para su propia vida?
    Úsala como filtro: desconfía de las promesas relucientes de "ciudades del futuro" y presta más atención a las mejoras en tu zona: transporte, vivienda, factura energética. Ahí es donde la apuesta climática real se está haciendo cada día.

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