Toby Kiers recibe el «Nobel del medio ambiente» por su innovador trabajo sobre el clima

El "Nobel del medio ambiente" desciende al subsuelo

Cuando hablamos de cambio climático, la conversación casi siempre gira en torno a chimeneas industriales, coches de combustión o glaciares que se derriten. Sin embargo, una parte fundamental de la historia lleva mucho tiempo oculta justo bajo nuestros pies. El Premio Tyler para el Logro Ambiental 2026, conocido ampliamente como el "Nobel del medio ambiente", ha reconocido a una científica que ha construido toda su carrera haciendo visible esa mitad invisible del planeta.

Fundado en 1973 y otorgado bajo el auspicio de la Universidad del Sur de California, el Premio Tyler distingue a investigadores que transforman la manera en que la humanidad entiende y cuida la Tierra. Entre sus anteriores galardonados figuran la primatóloga Jane Goodall y el climatólogo Michael Mann, nombres estrechamente vinculados a la conservación y la acción climática.

La laureada de 2026 es la bióloga estadounidense Toby Kiers, especialista en hongos y evolución vegetal. Durante casi tres décadas ha dedicado su trabajo a un campo que durante mucho tiempo fue considerado demasiado específico: las asociaciones entre plantas y hongos en el suelo. Combinando experimentos de laboratorio, expediciones de campo a escala mundial y herramientas tecnológicas de última generación, su investigación demuestra cómo estas redes subterráneas influyen simultáneamente en el clima y la biodiversidad.

La investigación de Kiers revela que las redes fúngicas no son un simple "telón de fondo" biológico, sino que actúan como agentes activos en la regulación del carbono a escala planetaria.

Más allá de su dimensión científica, Kiers se ha convertido en una voz pública en defensa de lo que ella misma describe como "la biodiversidad invisible bajo nuestros pies", insistiendo en que cualquier plan climático serio debe integrar los suelos y los hongos en su núcleo.

Autopistas fúngicas bajo el suelo: micorrizas, plantas e intercambios

En bosques, praderas y campos de cultivo, las raíces de las plantas están frecuentemente rodeadas por finísimos filamentos de hongos. Se trata de los hongos micorrícicos, que establecen micorrizas con aproximadamente el 90% de las plantas terrestres. El acuerdo es sencillo, pero extraordinariamente poderoso: los hongos aportan nutrientes y agua, y reciben a cambio los azúcares que las plantas producen mediante la fotosíntesis.

Estas conexiones rara vez quedan confinadas a un único árbol o cultivo. Con frecuencia forman redes extensas que enlazan plantas distintas, a veces incluso de especies diferentes. Por estas "autopistas" circulan agua, nitrógeno, fósforo y otros compuestos, reforzando la resiliencia del ecosistema en su conjunto.

Los científicos denominan a veces a esta malla subterránea la "wood wide web", una infraestructura viva que sostiene silenciosamente ecosistemas enteros.

Al investigar cómo circulan los recursos dentro de esas redes, Kiers y sus colaboradores demostraron que los hongos no distribuyen los nutrientes al azar. Su comportamiento se asemeja más al de un mercado: los nutrientes tienden a dirigirse hacia donde el retorno en azúcares es más ventajoso. Esta lectura introdujo conceptos de la economía en la ecología y reformuló la manera en que muchos investigadores entienden la cooperación en la naturaleza.

Los hongos micorrícicos como regulador climático silencioso

Más allá de su papel en la nutrición vegetal, los hongos micorrícicos manejan cantidades enormes de carbono. Una parte del carbono que las plantas capturan del aire fluye hacia las raíces y, desde allí, hacia sus socios fúngicos. Estimaciones recientes apuntan a que estas redes retienen alrededor de 13.000 millones de toneladas de dióxido de carbono al año en suelos de todo el planeta.

Una fracción de ese carbono se incorpora a estructuras estables del suelo capaces de persistir durante décadas o incluso siglos. El problema es que alterar estas redes —mediante la labranza intensiva del suelo, la deforestación o la degradación del terreno— aumenta el riesgo de liberar ese carbono almacenado de vuelta a la atmósfera.

El trabajo de Kiers ha contribuido a hacer visible ese riesgo. Al cartografiar redes fúngicas y cuantificar el carbono que transportan y almacenan, su equipo proporciona datos valiosos para gestores del territorio y responsables políticos a la hora de diseñar estrategias climáticas eficaces.

De tema oscuro a conversación de política global

Durante años, los hongos micorrícicos quedaron muy rezagados respecto a los bosques, los océanos o los casquetes polares en el debate climático. Kiers lleva tiempo intentando revertir esa tendencia: cofundó iniciativas para cartografiar globalmente la diversidad fúngica y ha defendido la conservación de los hongos en foros internacionales.

Sus proyectos combinan habitualmente datos de satélite, muestreo de suelos y secuenciación genética. De esta manera, los equipos pueden construir mapas de comunidades fúngicas subterráneas de forma análoga a lo que los botánicos hacen con los bosques o los biólogos marinos con los arrecifes de coral.

  • En bosques tropicales, el equipo estudia cómo la explotación maderera altera la diversidad fúngica y la capacidad de almacenamiento de carbono.
  • En zonas agrícolas, se ensayan prácticas productivas que protegen o restauran las redes fúngicas del suelo.
  • En regiones áridas, se investigan hongos que ayudan a las plantas a soportar la sequía, lo que ofrece pistas clave para la adaptación climática.

Al situar los hongos en los mapas del clima, Kiers defiende que también deben figurar en los presupuestos climáticos y en los planes de uso del territorio.

Un factor frecuentemente subestimado es el tiempo que tarda el suelo en recuperarse tras una perturbación. Incluso cuando se corrige una práctica agrícola dañina, reconstruir una comunidad fúngica funcional puede llevar años, lo que refuerza el valor de prevenir la degradación antes que intentar remediarla a posteriori.

Por qué el jurado del Premio Tyler prestó atención

El jurado del Premio Tyler suele privilegiar investigaciones con profundidad científica y repercusión fuera de la academia. Kiers encaja plenamente en ese perfil: ha publicado trabajos influyentes sobre la evolución de la cooperación entre especies y, al mismo tiempo, ha alimentado debates sobre agricultura, reforestación y pérdida de biodiversidad.

Sus conclusiones tocan preguntas centrales de la política climática: ¿cuánto carbono pueden almacenar realmente los sistemas terrestres? ¿Qué prácticas agrícolas reducen emisiones sin comprometer la productividad? ¿Cómo proteger una biodiversidad que casi nadie ve, pero de la que todos dependemos cada día?

Aspecto del trabajo de Kiers Relevancia climática
Flujo de carbono a través de redes fúngicas Afina las estimaciones de sumideros de carbono terrestres
Impacto de las prácticas agrícolas sobre los hongos del suelo Orienta hacia una agricultura de bajas emisiones y respetuosa con el suelo
Cartografía global de la diversidad micorrícica Identifica zonas críticas que necesitan protección o restauración

Del laboratorio al campo: impactos en el mundo real

La influencia del trabajo de Kiers se percibe tanto en la agricultura como en las políticas de conservación. Muchos sistemas agrícolas modernos —con un uso intensivo de fertilizantes y labranza profunda— fragmentan las redes fúngicas. Las consecuencias pueden ser dobles: cultivos más dependientes de insumos químicos y suelos con menor capacidad para retener carbono y agua.

Sus conclusiones respaldan un conjunto de prácticas reunidas habitualmente bajo el término agricultura regenerativa. Entre ellas destacan la reducción de la labranza, las rotaciones de cultivos más diversificadas, los cultivos de cobertura y la menor dependencia de los fertilizantes sintéticos. En conjunto, estas medidas favorecen el establecimiento de comunidades fúngicas y mantienen los intercambios que contribuyen a preservar la fertilidad del suelo.

Algunos agricultores ya trabajan con ecólogos del suelo para monitorizar la "salud" fúngica en paralelo con la producción. Ensayos realizados indican que las parcelas con redes micorrícicas más ricas logran en ocasiones mantener la productividad con menos fertilizante, reduciendo costes y emisiones al mismo tiempo.

Las redes fúngicas saludables pueden funcionar como una forma de infraestructura verde al servicio de los objetivos climáticos y de la seguridad alimentaria.

En contextos mediterráneos, como el del sur de Europa, esta lógica tiene además un beneficio añadido: los suelos más estructurados y ricos en materia orgánica tienden a retener mejor la humedad, lo que puede ayudar a explotaciones agrícolas y sistemas forestales a superar períodos de sequía cada vez más largos y frecuentes.

Los riesgos de ignorar la alianza subterránea

Crece la preocupación por las consecuencias de desatender los ecosistemas subterráneos en términos de política climática. La plantación masiva de árboles, por ejemplo, puede fracasar si las nuevas zonas forestales carecen de los socios fúngicos adecuados o si se instalan en suelos degradados donde las redes ya han sido destruidas.

La conversión intensiva del uso del suelo también puede transformar terrenos que eran sumideros en fuentes de carbono. Cuando la labranza profunda, el drenaje excesivo o el uso repetido de pesticidas eliminan los hongos y otras formas de vida del suelo, la materia orgánica se descompone más rápido y libera más carbono a la atmósfera.

La investigación de Kiers ayuda a cuantificar estos puntos de inflexión. Y sugiere que, desde el punto de vista climático, proteger las redes existentes en el suelo puede ser tan valioso como plantar nuevos árboles o ampliar infraestructuras de energía renovable.

Entender la ciencia: términos clave y escenarios

Varios términos técnicos asociados a este campo ya aparecen en documentos de política y en modelos climáticos. Conviene aclarar los más importantes:

  • Micorriza: asociación mutualista entre un hongo y las raíces de una planta; el hongo aporta nutrientes y agua, mientras la planta entrega azúcares.
  • Sumidero de carbono del suelo: capacidad del suelo para almacenar carbono durante períodos prolongados en lugar de liberarlo como dióxido de carbono.
  • Agricultura regenerativa: conjunto de prácticas orientadas a reconstruir la salud del suelo, la biodiversidad y el almacenamiento de carbono, manteniendo al mismo tiempo la producción alimentaria.

Los modeladores del clima empiezan a incorporar cambios en las redes micorrícicas a sus simulaciones. Por ejemplo, si entre el 10 y el 20% de las tierras agrícolas actuales adoptaran prácticas que refuercen las comunidades fúngicas, los resultados modelados apuntan a un almacenamiento adicional mensurable de carbono en los suelos a lo largo de las próximas décadas.

Por el contrario, los escenarios de expansión de la agricultura intensiva y continuación de la deforestación tienden a mostrar una reducción de la diversidad fúngica y un debilitamiento de los sumideros de carbono. Esas trayectorias dificultan limitar el calentamiento global a 1,5–2 ºC, incluso con recortes rápidos en el uso de combustibles fósiles.

Lo que esto significa en las decisiones cotidianas

La ecología de los hongos puede parecer un mundo lejano, pero se cruza directamente con la alimentación, los bosques y las decisiones de ordenación territorial que nos afectan a todos. Apoyar prácticas agrícolas respetuosas con el suelo, exigir la reducción de la deforestación y prestar atención a la gestión del territorio a escala local son formas indirectas de influir en los ecosistemas subterráneos.

El reconocimiento de Kiers con el Premio Tyler es una señal de que el debate sobre clima y biodiversidad se está ampliando. Ya no se trata únicamente de las emisiones de las centrales eléctricas o de los vehículos, sino también de las negociaciones silenciosas —célula a célula— entre raíces y hongos justo debajo de donde pisamos.

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