Pastor en el Algarve describe dos iglesias opuestas y explica el alejamiento religioso en Europa

¿Por qué tantos europeos han dado la espalda a la iglesia?

Hoy en día, apenas el 10% de la población asiste regularmente a la iglesia. Un cambio radical si lo comparamos con lo que ocurría hace apenas unas pocas décadas. Quien reflexiona sobre esto es un pastor residente en el Algarve, que recurre a dos experiencias personales profundamente distintas —una en la Amazonia y otra en Irlanda del Norte— para preguntarse por qué la iglesia ha dejado de conectar con tantos europeos.

La pregunta no es menor. ¿Es la sociedad la que ha cambiado, o es la propia iglesia la que ha fallado en su forma de presentarse al mundo?

Los hechos clave de este testimonio

  • La asistencia regular a la iglesia ha caído hasta cerca del 10% de la población en Europa
  • El relato combina experiencias en Brasil (Amazonia) e Irlanda del Norte
  • El protagonista lleva 18 años como pastor en el Algarve
  • El debate que abre tiene que ver con la secularización y el papel actual de las comunidades religiosas

Un recuerdo de infancia en la selva amazónica

La primera imagen que el pastor tiene de una iglesia no proviene de Europa. Viene de lo más profundo de la selva amazónica, en Brasil, donde sus padres ejercieron como misioneros durante buena parte de su infancia. En familia, recorrían los afluentes del río Amazonas en barca, visitando pequeñas comunidades de ribereños, personas que viven a orillas del río.

Durante el día, su padre extraía centenares de dientes en mal estado para aliviar dolores intensos, mientras su madre asistía partos y atendía a quienes necesitaban ayuda médica. En ese contexto, "iglesia" era algo elemental: bastaba un cobertizo con hojas de palmera secas para reunir a la comunidad.

La gente salía de la selva para pasar horas cantando, acompañada por el acordeón del padre. Después llegaba una historia bíblica, narrada a menudo por la madre con tal viveza que incluso los niños más pequeños quedaban completamente absortos. La atmósfera era informal y desenfadada: la "mejor ropa de domingo" se reducía a pantalones cortos y chancletas. La iglesia era calurosa, ruidosa y rebosante de vida, con gallinas y cachorros paseando libremente entre los presentes.

El contraste en Irlanda del Norte: rigidez, formalidad e incomodidad

La segunda experiencia llegó cuando sus padres visitaron Irlanda del Norte. El pastor calcula que tendría unos seis años. Aquel domingo por la mañana salió de casa sintiéndose "aprisionado en un corsé", enfundado en un traje de tres piezas, algo que jamás había llevado, junto a una camisa y corbata. Su hermana, recuerda, lucía igual de incómoda, "como una Barbie a tamaño real".

El edificio era un enorme templo de ladrillo rojo con vidrieras de colores. Al entrar, lo primero que recuerda es la oscuridad y el olor a humedad. El suelo estaba cubierto de moqueta azul oscuro y las paredes revestidas de paneles de madera oscura de suelo a techo. Los asientos eran descritos como tremendamente incómodos, con respaldos en un ángulo exacto de 90 grados.

Los hombres vestían trajes oscuros y las mujeres parecían sacadas de un retrato de la familia real. Los niños permanecían rígidos junto a sus padres, casi sin moverse. Luego llegaba la música de un enorme órgano de tubos, tan potente que las notas graves hacían vibrar el suelo y resonaban en el pecho. Todos cantaban siguiendo un libro, aunque la melodía le resultaba sombría y apagada.

El pastor admite que, mirando atrás, sabe perfectamente cuál de las dos experiencias prefería. Y confiesa que, a pesar del calor sofocante de la selva, todavía hoy añora aquella iglesia a orillas del Amazonas.

"La iglesia no es un edificio": la lectura bíblica del pastor

Hoy, ya entrada la segunda mitad de los cincuenta años, el autor afirma seguir amando la iglesia. Lleva 18 años como pastor en el Algarve y reconoce que su vida "gira literalmente" en torno a esa misión. Admite, eso sí, que su relación con la iglesia ha sido a veces irregular —en momentos negativa e incluso traumática—, pero mantiene su compromiso porque dice haber comprendido lo que considera la "verdadera iglesia".

Según él, esa comprensión no nació del análisis de edificios, estilos arquitectónicos o tradiciones. Surgió del regreso a la Biblia, dejando que las Escrituras definieran qué es una iglesia real. Algo que, subraya, ha visto tanto en contextos formales como informales.

Desde su perspectiva, la iglesia no es una institución humana ni una invención: "nació en el corazón de Dios". Puede existir bajo una palmera o dentro del edificio más elaborado. No pertenece a ninguna persona, denominación ni tradición. Está formada por personas imperfectas que siguen a Jesús.

Recurre también a una analogía poderosa: la iglesia sería menos "un museo de santos" y más "un hospital para enfermos", donde la Palabra de Dios es el medicamento y Jesús es la cura.

Una comunidad "de todas las naciones": la cita de Efesios

La Biblia, recuerda, emplea diversas imágenes para describir la iglesia: "un cuerpo", "un edificio espiritual", "la Novia de Cristo". La metáfora que más le gusta, sin embargo, es la de la iglesia como "la familia de Dios": una comunidad unida por el amor, compuesta por personas "de todas las razas, lenguas y naciones".

El pasaje elegido para resumir esa visión es Efesios 2:19–22 (NLT):

«19 Así que ya no sois extranjeros ni forasteros. Sois ciudadanos junto con todo el pueblo santo de Dios. Sois miembros de la familia de Dios. 20 Juntos somos su casa, edificada sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo la piedra angular el propio Cristo Jesús. 21 En él, somos cuidadosamente unidos, convirtiéndonos en un templo santo para el Señor. 22 Por medio de él, vosotros, los gentiles, también estáis siendo hechos parte de esta morada donde Dios vive por su Espíritu.»

Para el pastor, esta es la "iglesia bíblica": no un edificio ni una tradición, sino un cuerpo vivo, una familia y una "casa espiritual" marcada por el propósito, el amor y la gracia.

Por qué este debate importa en el contexto europeo

El descenso de la asistencia religiosa regular en Europa se ha relacionado habitualmente con transformaciones culturales y generacionales. En ese escenario, la visión de líderes religiosos que distinguen "iglesia como comunidad" de "iglesia como institución" ayuda a entender por qué muchas personas se alejan de las estructuras formales, pero siguen buscando pertenencia, sentido y espiritualidad.

En Portugal, donde conviven tradiciones históricas profundamente arraigadas con el crecimiento de comunidades cristianas de diversas denominaciones, el tema cobra especial relevancia en un momento en que muchas iglesias intentan adaptar su lenguaje y sus prácticas sin perder su identidad doctrinal.

Una invitación abierta al lector

El pastor concluye con un llamamiento directo: independientemente de la experiencia pasada con la religión, anima al lector a "probar" una iglesia, subrayando que el número de comunidades disponibles en todo el país no para de crecer. Para quienes no puedan asistir de forma presencial, sugiere comenzar leyendo la Biblia para entender cómo debería ser una iglesia "real".

Una propuesta sencilla, pero que encierra una pregunta mucho más profunda: ¿qué estamos buscando realmente cuando buscamos comunidad?

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