Arabia Saudita reduce discretamente su ambicioso proyecto de megaciudad en el desierto por preocupaciones sobre los miles de millones ya gastados.

De una ambición sin límites a horizontes más acotados

En el desierto del noroeste de Arabia Saudita, la luz del amanecer golpea una franja de acero y hormigón que parece desvanecerse en medio de la nada. Los camiones permanecen al ralentí. Un pequeño grupo de trabajadores con chalecos fluorescentes se agrupa alrededor de un capataz, esperando instrucciones que ya no suenan tan seguras como hace un año. Lo que debía ser una ciudad perfectamente rectilínea, revestida de espejos y extendida a lo largo de 160 kilómetros sobre la arena, hoy se parece más a un boceto audaz que alguien intentó borrar a medias con el pulgar.

En el horizonte, las grúas permanecen inmóviles, como si estuvieran sopesando si quedarse o marcharse.

Algo ha cambiado a gran escala, y quienes trabajan allí lo sienten en carne propia.

El ajuste silencioso de un sueño de ciencia ficción

Durante años, Arabia Saudita vendió al mundo un sueño de ciencia ficción: una ciudad en el desierto sin coches, gobernada por inteligencia artificial, llamada The Line, diseñada para atravesar las dunas como una cuchilla. En las imágenes promocionales se veían paredes espejadas, cápsulas futuristas desplazándose en silencio y jardines verticales apilados como piezas de construcción. El príncipe heredero, Mohammed bin Salman, presentó el proyecto como un giro histórico en la manera en que las personas vivirían, trabajarían y se moverían.

Sin embargo, el relato está siendo ajustado. Sin grandes anuncios, han surgido señales de que el plan está siendo reducido, el calendario ralentizado y el tono promocional moderado.

Sobre el papel, The Line debía albergar hasta 9 millones de personas para 2045, costar en torno a 1,5 billones de dólares y funcionar exclusivamente con energía renovable. Sobre el terreno, se abrieron cimientos en el desierto, llegaron miles de trabajadores extranjeros y se firmaron contratos iniciales con algunas de las mayores empresas de ingeniería del mundo.

Pero las imágenes satelitales cuentan una historia más contenida: se aprecia únicamente un tramo limitado de excavación, más cercano a una zona piloto que a una megaciudad atravesando un continente. Inversores, agencias de calificación e incluso voces internas han empezado a formular la pregunta esencial: ¿hasta dónde puede avanzar esto antes de que falten dinero y paciencia?

Y no es una pregunta teórica. Arabia Saudita está financiando The Line y el proyecto más amplio NEOM con ingresos petrolíferos, fondos públicos y el gigantesco Fondo de Inversión Pública, que ya soporta presión por otros megaproyectos, acuerdos deportivos e inversiones internacionales. Con los costes de construcción al alza y tipos de interés más elevados, cada nuevo kilómetro se vuelve brutalmente caro.

Seamos claros: nadie construye desde cero una ciudad impecable de 160 kilómetros, dentro del plazo y el presupuesto, como si fuera un simple ejercicio de diseño.

Lo que parecía visionario en 2017 choca ahora con las realidades de 2024: mayor cautela en los mercados globales, escrutinio climático y una ciudadanía que se pregunta qué ocurre si el gran sueño queda a medias, perdido entre la arena.

Miles de millones ya gastados y el discreto cambio de rumbo

El primer indicio concreto de "recalibración" es la longitud. Si antes The Line se presentaba como una estructura de cerca de 170 kilómetros, personas cercanas al proyecto señalan que la fase inicial podría quedarse en tan solo una fracción de ese total: decenas de kilómetros, no 160. Hay informes de equipos orientados a concentrar esfuerzos en un área central más reducida, dejando el resto para más adelante, "en fases" o empujado suavemente hacia un futuro indefinido.

Detrás de esas instrucciones se esconde un gesto sencillo: retroceder antes de que los costes ya hundidos se conviertan en un riesgo político demasiado evidente.

Las cifras impresionan. Ya se han canalizado miles de millones de dólares hacia trabajos preliminares, infraestructuras, salarios, consultoría y preparación del terreno. Algunos analistas estiman que Arabia Saudita podría haber gastado ya decenas de miles de millones en NEOM en su conjunto, desde puertos hasta aeropuertos y alojamiento para trabajadores. Y esto antes de que exista un barrio completo de The Line terminado; antes de que haya vida urbana real más allá de salas de exposición y vídeos de marketing.

Mucha gente reconoce el patrón: ese proyecto del que se hablaba con orgullo al principio y sobre el que se empieza a hablar en voz baja al final. A escala de un país, ese malestar se transforma en llamadas tensas de inversores de deuda y en informes cuidadosamente redactados por entidades financieras que preguntan: ¿cuál es realmente el plan real ahora?

Existe también una capa política. La Visión 2030, la hoja de ruta a largo plazo del príncipe heredero, depende de reducir la dependencia del petróleo mediante el turismo, la tecnología y los polos urbanos de lujo. The Line no era solo una idea; era un símbolo. Reducir el proyecto puede interpretarse como un paso atrás.

Aun así, existe otra lectura posible: recortar el alcance puede ser una maniobra pragmática. Demostrar el concepto en un tramo menor, probar que la gente realmente vive allí, que el transporte funciona, que los servicios se mantienen y que el calor del desierto no convierte las paredes de vidrio en hornos. Solo después, expandir. Es la explicación "lógica" a la que se aferran los responsables, aunque no borre del todo la sensación de que el sueño original pudo haber ido más allá de lo viable.

Un aspecto que raramente aparece en los vídeos promocionales es el de la gobernanza y la vida cotidiana: una ciudad lineal y de alta densidad exige reglas claras sobre privacidad, gestión de datos, seguridad, propiedad y acceso a servicios. En un proyecto tan dependiente de la tecnología y la automatización, el equilibrio entre eficiencia y libertad individual será, para muchos futuros residentes, tan relevante como la arquitectura.

También la componente ambiental, más allá del eslogan "renovable", tendrá que demostrarse con resultados concretos: refrigeración urbana, consumo de agua, desalinización, reciclaje e impacto en los ecosistemas. Sin métricas públicas y verificables, el debate sobre sostenibilidad no desaparece, sino que se agrava.

Cómo Arabia Saudita intenta salvar el sueño, no solo el proyecto de The Line

La estrategia que se perfila es sutil: primero fases, luego resultados. En lugar de prometer 160 kilómetros desde el primer día, los planificadores están apostando por un segmento central pensado para ser densamente construido, altamente presentable y amplificado digitalmente. El objetivo es crear una prueba real del concepto —una ciudad utilizable— y no solo imágenes pulidas.

En la práctica, esto implica revisar cronogramas, renegociar contratos y priorizar lo que puede ponerse en uso antes por residentes y trabajadores reales, en lugar de servir principalmente para visitas oficiales. Sobre el terreno, se traduce en equipos reubicados, maquinaria reasignada y algunas de las ideas más audaces colocadas discretamente "en pausa" hasta que regresen el capital y la confianza.

Para quienes lo observan desde fuera, el mayor error es tomar al pie de la letra todas las promesas de las megaciudades. Los proyectos gigantes se alimentan de calendarios optimistas, discursos visionarios y vídeos bien editados. Luego, la realidad entra en escena con problemas en las cadenas de suministro, techos presupuestarios y agotamiento humano.

La oscilación emocional es típica: entusiasmo, después duda, después cinismo. Pero la historia no tiene por qué terminar en burla fácil. Incluso un tramo más corto, si realmente funciona, puede influir en la manera de construir ciudades en clima desértico, desde la gestión energética hasta la reutilización del agua. El error frecuente es imaginar solo dos desenlaces: el milagro completo de 160 kilómetros o el fracaso total. Lo más probable es un punto intermedio complejo e imperfecto.

Los responsables cercanos al proyecto intentan enmarcar el cambio como una decisión estratégica, no como una retirada. "La visión no ha cambiado", afirmó un planificador a un medio regional. "Estamos ajustando el ritmo y la escala a las condiciones globales. No se renuncia al futuro solo porque el presente se haya encarecido."

  • Longitud reducida: Comenzar con un tramo más corto permite al Estado bajar el riesgo sin admitir derrota de forma explícita.
  • Miles de millones ya invertidos: El capital ya enterrado en NEOM lleva al liderazgo saudita a proteger tanto el relato como los activos.
  • Presión simbólica: The Line está vinculada al orgullo nacional; por eso, cualquier modificación debe presentarse como evolución, no como colapso.
  • Clima global en transformación: Costes más altos, tensión geopolítica y cautela inversora están redefiniendo sobre el terreno qué es "posible".
  • Lecciones para otros megaproyectos: De ciudades inteligentes en India a nuevas capitales en África, se repite el mismo patrón: reducir, fasearse, resistir.

El futuro de The Line: arena, acero y preguntas sin respuesta

Lo que ocurra en ese pedazo de desierto saudita dirá mucho sobre el destino de las grandes utopías urbanas. Un escenario posible: nace una ciudad compacta y futurista en un segmento corto de The Line que se convierte en imán para turistas, startups y campañas de promoción, redefiniendo discretamente la promesa original. Otro: los costes siguen inflándose, la paciencia de los inversores mengua y el proyecto sobrevive como un artefacto espectacular pero incompleto de un determinado momento político.

En cualquier caso, el mundo seguirá observando las imágenes satelitales en busca de señales de movimiento entre las grúas y el polvo.

Para quienes viven en la región, las dudas son aún más concretas. ¿Va a generar The Line empleo duradero o sobre todo trabajo temporal de construcción? ¿Querrá la juventud saudita vivir en un corredor de vidrio hiperregulado en lugar de en ciudades familiares como Yeda o Riad? Y los riesgos ambientales —escasez de agua, perturbación de ecosistemas, la propia huella de carbono de construir "en medio de la nada"— podrían acabar marcando el legado del proyecto.

A veces, la mayor prueba no reside en la tecnología ni en el diseño, sino en hasta qué punto un país es capaz de estirar su propio relato antes de tener que editarlo.

Reducir la ambición de 160 kilómetros no equivale automáticamente a fracasar. Puede incluso ser la única forma de mantener viva alguna versión del sueño. La tensión honesta está aquí: una ciudad más pequeña, realista y funcional puede ser menos espectacular para los titulares, pero mucho más relevante para las personas que algún día puedan vivir en ella.

Tanto si The Line acaba siendo un lugar habitado como si termina convirtiéndose en un caso de estudio sobre el exceso de ambición global, la lección no quedará confinada a Arabia Saudita. Resonará entre líderes, arquitectos y ciudadanos que tratan de decidir cuán grande, cuán rápido y cuán audaz debe ser el futuro de las ciudades.

Resumen de puntos clave

Punto clave Detalle Valor para el lector
Arabia Saudita está reduciendo The Line La megaciudad anunciada inicialmente con 160 kilómetros está siendo recortada y faseada por dudas sobre costes y viabilidad Funciona como prueba de realidad ante el entusiasmo por los megaproyectos y muestra cómo los planes cambian bajo presión
Miles de millones ya invertidos Se han destinado fondos significativos a NEOM, lo que lleva a ajustes tácticos en lugar de una cancelación directa Ayuda a entender por qué los gobiernos "recortan" proyectos en vez de abandonarlos
Implicaciones para las ciudades del futuro La evolución de The Line puede influir en cómo otros países diseñan ciudades inteligentes y grandes planes urbanos Da contexto para evaluar promesas futuras sobre "las ciudades del mañana"

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • ¿Ha sido cancelado el proyecto The Line? No oficialmente. Las señales apuntan a una reducción de escala y un reajuste del calendario, no a una cancelación formal.
  • ¿Por qué Arabia Saudita está reduciendo el plan de los 160 kilómetros? La combinación de costes de construcción disparados, presión sobre el Fondo de Inversión Pública y dudas sobre la viabilidad real ha obligado a recalibrar el alcance del proyecto.
  • ¿Cuánto dinero se ha gastado ya en The Line? Analistas estiman que Arabia Saudita ha destinado decenas de miles de millones de dólares a NEOM en su conjunto, aunque las cifras exactas no se han hecho públicas.
  • ¿Va a vivir gente realmente en The Line? La intención sigue siendo crear un espacio habitable, pero en un tramo inicial mucho más reducido que el originalmente prometido.
  • ¿Qué significa esto para otros megaproyectos de ciudades en el mundo? Confirma un patrón recurrente: las ciudades de nueva planta tienden a reducirse, fasearse y reajustarse cuando chocan con la realidad económica y logística.

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