Ibuprofeno y paracetamol: cómo los analgésicos comunes están en el centro de una posible crisis global de salud

De remedios cotidianos a riesgo sanitario silencioso

El ibuprofeno y el paracetamol nos parecen tan seguros y habituales que casi nadie lo piensa dos veces antes de tomarse un par de comprimidos. Sin embargo, investigaciones recientes apuntan a que este hábito —cuando se combina con antibióticos— podría estar alimentando, de manera discreta, una de las mayores amenazas sanitarias de este siglo.

En muchos países los conocemos por marcas comerciales de toda la vida. Son baratos, accesibles y, en la mayoría de los casos, funcionan. Esa es precisamente la raíz del problema. Hay personas que los consumen con frecuencia, a veces de forma continuada, y en muchas ocasiones junto a otros medicamentos.

Hasta hace poco, las principales preocupaciones giraban en torno al daño hepático por sobredosis de paracetamol y a los problemas gástricos y renales vinculados al ibuprofeno. Ahora, investigadores en Australia están lanzando una advertencia diferente: no tanto por lo que estos analgésicos hacen a nuestros órganos, sino por el impacto que pueden tener sobre las bacterias cuando se toman junto a antibióticos.

Los analgésicos de venta libre, al combinarse con antibióticos, podrían estar ayudando a las bacterias a aprender a defenderse de los mismos fármacos diseñados para eliminarlas.

Lo que el nuevo estudio sobre ibuprofeno, paracetamol y antibióticos descubrió

Un equipo de la Universidad del Sur de Australia publicó sus resultados en la revista Nature en agosto de 2025. Los investigadores analizaron cómo reacciona la bacteria Escherichia coli (E. coli) cuando se expone simultáneamente a un analgésico de venta libre y a la ciprofloxacina, un antibiótico de uso extendido.

La E. coli es especialmente conocida por provocar infecciones urinarias y ciertos tipos de intoxicación alimentaria. Para mantener estas infecciones bajo control, los médicos recurren con frecuencia a antibióticos como la ciprofloxacina.

Desde hace tiempo se sabe que las bacterias desarrollan resistencia a los antibióticos cuando se exponen a estos fármacos de forma repetida, sobre todo con dosis bajas o tratamientos incompletos. El objetivo del equipo australiano era determinar si la presencia de analgésicos comunes alteraba la velocidad o el patrón con que aparece esa resistencia.

Lo que observaron fue que la E. coli expuesta al mismo tiempo a un antibiótico y a un analgésico de venta libre desarrolló una resistencia más intensa y más amplia que la bacteria tratada únicamente con el antibiótico. Es decir: los microorganismos no solo se adaptaron a la ciprofloxacina, sino que también se volvieron más difíciles de eliminar con otros antibióticos distintos.

Cuando los analgésicos convivieron con los antibióticos, la E. coli se volvió más resistente y más veloz en su adaptación, y no solo frente a un fármaco, sino frente a varios.

Por qué esto importa más allá del laboratorio

En la vida cotidiana, esta situación es sumamente frecuente. A un paciente con infección urinaria, a un niño con otitis o a un adulto con neumonía, es habitual recetarle un antibiótico y decirle que puede tomar ibuprofeno o paracetamol para controlar la fiebre y el dolor.

Por ahora, los médicos siguen defendiendo que esta combinación puede tener su lugar. Las infecciones graves duelen. Sin alivio, muchos pacientes tendrían dificultades para funcionar con normalidad, y algunos podrían incluso abandonar el antibiótico por el malestar, lo que también favorece la resistencia.

Los nuevos datos no implican que todo el mundo deba dejar de usar analgésicos de un día para otro. Pero sí sugieren que el efecto global de estas combinaciones sobre la evolución bacteriana ha sido subestimado durante años.

La resistencia a los antibióticos: la crisis global que avanza despacio

La resistencia a los antibióticos ya está cobrándose un elevado número de vidas. La Organización Mundial de la Salud estima que la resistencia antimicrobiana estuvo directamente asociada a 1,27 millones de muertes en todo el mundo en 2019. Y si la tendencia actual continúa, ese número podría aumentar de forma muy significativa.

Cuando las bacterias se vuelven resistentes, los medicamentos habituales dejan de ser eficaces. Infecciones que antes se resolvían de manera rutinaria pueden prolongarse, extenderse y, en algunos casos, volverse mortales. Las cirugías, la quimioterapia y los cuidados intensivos dependen de que los antibióticos funcionen de forma fiable como respaldo constante.

Los expertos advierten de un futuro en el que un simple corte o una infección de vejiga vuelva a entrañar riesgo de muerte, porque los antibióticos habrán dejado de cumplir su función.

Si los analgésicos están empujando silenciosamente a las bacterias hacia la resistencia cada vez que se toman junto a antibióticos, ese futuro podría llegar antes de lo previsto.

¿Quién está más expuesto?

Algunos grupos se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad ante este problema:

  • Personas mayores, que habitualmente toman varios medicamentos a la vez para tratar enfermedades crónicas.
  • Personas con enfermedades de larga duración, como diabetes o cáncer, que necesitan tandas repetidas de antibióticos con frecuencia.
  • Pacientes hospitalizados, especialmente en cuidados intensivos, donde el uso de antibióticos potentes y el alivio regular del dolor son práctica habitual.
  • Niños y niñas, que a menudo reciben antibióticos y analgésicos conjuntamente para tratar infecciones de oído, garganta o vías respiratorias.

En estos contextos, pequeños "empujones" repetidos hacia la resistencia bacteriana pueden acumularse a lo largo de meses y años, haciendo que medicamentos antes fiables resulten cada vez menos eficaces.

¿Debemos dejar de tomar ibuprofeno y paracetamol?

Ni los investigadores ni los clínicos están pidiendo que se prohíban estos medicamentos. Cuando se usan de forma adecuada, siguen siendo herramientas valiosas para controlar el dolor y la fiebre.

El paracetamol, por ejemplo, continúa siendo la opción de primera elección para muchos tipos de dolor leve a moderado y, en general, resulta más seguro para el estómago que el ibuprofeno. El ibuprofeno, por su parte, al ser antiinflamatorio, puede ser útil cuando existe inflamación asociada, como en esguinces o en ciertos tipos de dolor articular.

El mensaje del equipo australiano, y de los especialistas en enfermedades infecciosas, se centra sobre todo en cómo y cuándo combinamos estos fármacos con antibióticos.

El alivio del dolor sigue siendo importante, pero la asociación automática y despreocupada de "antibiótico más algo para el dolor" necesita ser reconsiderada.

Formas más inteligentes de usar los analgésicos cotidianos

Existen medidas sencillas que pueden reducir riesgos innecesarios sin dejar a las personas sin alivio. Los profesionales sanitarios señalan varios ajustes prácticos:

Práctica Por qué ayuda
Preguntar si el antibiótico es realmente necesario Muchas infecciones virales no mejoran con antibióticos, evitando por completo la combinación de riesgo.
Limitar la duración del uso combinado Usar analgésicos solo durante el tiempo más breve que mantenga los síntomas tolerables mientras se toma el antibiótico.
Evitar tomarlos "por si acaso" No tomar ibuprofeno o paracetamol las 24 horas del día si el dolor o la fiebre ya han cedido.
Revisar la lista de medicamentos en personas mayores Las revisiones periódicas ayudan a eliminar analgésicos innecesarios y a reducir la presión constante sobre las bacterias.
Respetar estrictamente las dosis recomendadas Ceñirse a las dosis reduce el estrés adicional tanto para el organismo como para las poblaciones bacterianas.

En la práctica, esto pasa por aprovechar los recursos disponibles: hablar con el médico de cabecera sobre la necesidad real del antibiótico y consultar al farmacéutico cuando surjan dudas sobre combinaciones, horarios y duración del alivio sintomático.

Qué podría estar ocurriendo dentro de las bacterias

El estudio se centró en los resultados más que en los detalles finos de la biología bacteriana, pero los científicos manejan varias hipótesis de trabajo. Cuando las bacterias se enfrentan a un antibiótico y a otro fármaco, como un analgésico, sufren un estrés adicional.

Bajo estrés, los microorganismos tienden a activar genes que favorecen su supervivencia. Esto puede incluir bombas que expulsan fármacos hacia el exterior de la célula bacteriana, modificaciones en la pared celular o tasas de mutación más aceleradas. Con el tiempo, estas adaptaciones pueden hacerlas resistentes a varios antibióticos, no solo a uno.

También es posible que los analgésicos alteren la forma en que los antibióticos circulan por el organismo o llegan a las bacterias, modificando la "dosis efectiva" a la que los microorganismos quedan expuestos. Ese tipo de presión irregular puede crear más oportunidades de supervivencia parcial y, a partir de ahí, de adaptación.

Un aspecto adicional que merece atención es el comportamiento práctico durante la enfermedad: cuando alguien se siente mejor porque ha controlado la fiebre y el dolor, puede verse tentado a saltarse dosis del antibiótico o a interrumpir el tratamiento antes de tiempo. Aunque no sea el foco principal del estudio, esta realidad cotidiana puede amplificar el riesgo de seleccionar bacterias más resistentes.

Qué significa esto en las decisiones del día a día

Imaginemos dos inviernos paralelos.

En el primero, las personas piden antibióticos ante el primer síntoma de resfriado y añaden ibuprofeno o paracetamol "por si acaso". Las bacterias presentes en el organismo se encuentran una y otra vez con esta combinación y van, silenciosamente, reforzando sus defensas con cada repetición.

En el segundo, los antibióticos se usan con más criterio, reservados para infecciones claramente bacterianas. Y cuando se prescriben, los analgésicos se emplean solo mientras los síntomas resultan realmente molestos. De este modo, las bacterias tienen muchas menos ocasiones para "entrenar" su resistencia frente a los dos tipos de fármacos a la vez.

A nivel individual, la diferencia entre estos dos inviernos puede parecer insignificante. A escala global, repetida año tras año, la distancia en niveles de resistencia puede ser enorme.

Para quienes viven con dolor crónico, reducir los comprimidos puede sonar poco realista. Es aquí donde cobran importancia los planes de control del dolor personalizados, la fisioterapia, el apoyo psicológico y los enfoques no farmacológicos. Cada comprimido que se logra evitar con seguridad durante un tratamiento antibiótico es un empujón menos en la dirección de bacterias más resistentes.

Expresiones como "resistencia antimicrobiana" e "interacciones medicamentosas" parecen abstractas, pero hoy tienen que ver con acciones muy cotidianas: coger una caja de paracetamol, pedir antibióticos al médico o comprar ibuprofeno en la farmacia. La nueva investigación sugiere que estos momentos merecen algo más de reflexión de la que, por lo general, les dedicamos.

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