Un ganadero de montaña bajo presión
Sequías crónicas, lluvias impredecibles y el encarecimiento disparado de la alimentación animal están obligando a un productor lechero alpino a replantear desde cero su forma de trabajar.
En lo alto de los Alpes franceses, un ganadero saboyano tomó una decisión que hace diez años habría parecido impensable: reducir deliberadamente su cabaña ganadera. Menos animales, menos litros y, de manera contraintuitiva, mayor margen económico, menos estrés y más tranquilidad en el día a día.
En Saboya, al este de Francia, el productor lechero André Montmayeur ha visto cómo las estaciones cambiaban ante sus ojos. Los veranos se han alargado y calentado. La lluvia sigue llegando, pero en episodios irregulares e intensos, en lugar de repartirse con regularidad a lo largo de semanas. La hierba que antes aguantaba bien hasta julio ahora se seca y "quema" antes de poder aprovecharse bien en el pastoreo.
El punto de ruptura para Montmayeur llegó en 2019. La sequía fue severa, el crecimiento de los pastos se detuvo y las reservas de alimento se agotaron mucho antes de lo previsto. Para mantener a las vacas alimentadas, se vio obligado a comprar grandes volúmenes de forraje.
"Llegamos a preguntarnos si íbamos a encontrar suficiente comida para los animales. El estrés era permanente y las cifras eran brutales."
Como en muchas explotaciones lecheras de la región, su empresa, la Gaec Cap 13, se sustentaba en una lógica sencilla: extraer el máximo de leche posible de la tierra y compensar las carencias con alimento comprado. Tras 2019, ese modelo demostró ser peligrosamente frágil.
Por qué eligió menos vacas y no más alimento comprado
En aquel momento, la Gaec Cap 13 trabajaba con aproximadamente 170–180 vacas lecheras, más la recría, sumando unas 300 unidades de ganado (UG) en 308 hectáreas, de las cuales 260 eran prados y pastos. En la práctica, eso equivalía a casi 1 UG por hectárea, una carga elevada cuando aprieta la sequía.
En vez de apostar por mayor capacidad de almacenamiento o arriesgarse con más maíz para ensilaje, Montmayeur tomó un camino diferente: reducir la cabaña.
De "el máximo posible" a "lo que la tierra puede sostener": André Montmayeur y la carga ganadera
El número de vacas bajó hasta 140 y el de novillas se redujo en unas 50 cabezas. En total, la carga pasó a aproximadamente 240 UG, equivalente a 0,8 UG/ha. Fue una decisión que chocaba de frente con años de mentalidad arraigada.
"Pasamos de producir a cualquier precio a producir según lo que nuestra tierra puede dar de verdad."
El peso emocional también importó. Para muchos ganaderos, vender animales suena a rendición. Para Montmayeur, la elección era objetiva: ¿seguir persiguiendo volumen dependiendo de un alimento incierto y caro, o construir un sistema capaz de resistir veranos cada vez más duros?
Los números: menos leche, márgenes más sólidos
El efecto sobre la producción fue inmediato. El volumen anual de leche cayó de unos 930.000 litros a 880.000 litros, es decir, 50.000 litros menos. A primera vista parece un retroceso. En la contabilidad, ocurrió lo contrario.
El excedente bruto de explotación (EBE) saltó de aproximadamente 201.000 € en 2019 a 317.000 € en 2022, a pesar de que ese año registró una sequía comparable a la de 2019.
| Año | Unidades de ganado (UG) | Leche producida | Carga ganadera | Excedente de explotación (EBE) |
|---|---|---|---|---|
| 2019 | 300 | 930.000 l | 1,0 UG/ha | 201.000 € |
| 2022 | 240 | 880.000 l | 0,8 UG/ha | 317.000 € |
El giro principal vino por el lado de los costes de alimentación. Con la reducción y reorganización del sistema, la explotación recortó la compra de forrajes en unas 285 toneladas respecto a 2019, ahorrando cerca de 40.000 €. La compra de concentrados también bajó, eliminando otros 27.000 € de la factura.
"Desde que redujimos la cabaña, desde el punto de vista económico todo ha mejorado. Los ingresos no han bajado y las condiciones de trabajo son mejores."
El precio de la leche ha subido en los últimos años, lo que amplía el margen por litro. Aun así, lo esencial fue otra cosa: ajustar la cabaña a lo que la explotación puede producir en un año seco, sin caer en compras de emergencia.
Reconstruir el sistema forrajero con el riesgo climático como base
Reducir el rebaño fue solo una parte de la solución. Montmayeur también rediseñó su estrategia de alimentación a partir de una idea clara: tratar el verano como un segundo invierno.
En su zona, la primavera y el otoño son hoy los períodos de crecimiento más fiables. El verano, que antes era central para el pastoreo, se convierte a menudo en un paréntesis pardo y estancado. Por eso, pasó a planificar las reservas para julio y agosto con la misma disciplina con que gestiona las necesidades de los meses fríos.
Aprovechar al máximo la hierba de primavera y otoño
El rebaño sale al pasto lo antes posible en primavera para captar los primeros picos de crecimiento. Después, el pastoreo se prolonga durante el otoño tanto como las condiciones lo permiten, ganando habitualmente tres o cuatro semanas más a diente y acortando el período de estabulación.
Durante el pastoreo primaveral, las vacas reciben como suplemento ensilaje de espiga de maíz, suministrado por separado hasta aproximadamente el 30 de abril. Antes, ese ensilaje se daba junto con heno, lo que "llenaba" a los animales y reducía su apetencia por la hierba fresca. Al separar los alimentos, se incrementó la ingesta de forraje en pie.
- Salida anticipada al pasto para captar el crecimiento primaveral
- Pastoreo prolongado en otoño para reducir la alimentación invernal
- Ajuste de suplementos para que las vacas prioricen la hierba fresca
Baches de verano: cultivos flexibles para cubrir los huecos
En las semanas más exigentes del verano, Montmayeur recurre a cultivos de crecimiento rápido y mayor tolerancia al calor. Unas 6 hectáreas se siembran con una mezcla de moha y trébol, que resiste mejor los períodos secos y puede alimentar a unas 45 novillas durante un mes cuando la hierba desaparece.
Además, instala 1 o 2 hectáreas de maíz de oportunidad (cultivo de segunda cosecha) tras la cebada de invierno, aprovechando una tormenta veraniega para asegurar la nascencia. Este maíz no se ensila como de costumbre: se corta y suministra en verde a las vacas durante 30 o 40 días, precisamente cuando los prados temporales se paralizan con el calor.
Estos cultivos flexibles actúan como una válvula de seguridad, ganando tiempo cuando los pastos permanentes "se cierran" por la sequía.
Un efecto secundario positivo, frecuentemente subestimado, es la mejora en la gestión del trabajo: con menos carreras a los proveedores, menos urgencias para "conseguir comida" y mayor previsibilidad de las reservas, la explotación gana capacidad para planificar tareas, mantenimientos e incluso períodos de descanso, un factor que pesa tanto como el margen financiero.
¿Y cuando vuelve la lluvia? El reto de los años húmedos
Reducir la cabaña genera un nuevo problema cuando el año es lluvioso: exceso de hierba. En 2024, con precipitaciones más favorables, Montmayeur acumuló excedentes forrajeros en parcelas inclinadas y de difícil acceso, más adecuadas para el pastoreo que para la siega mecanizada.
Con menos bocas que alimentar, crece el riesgo de infrapastoreo. En terrenos marginales, eso acelera la invasión de matorral e inicia una pérdida gradual de prado productivo. Donde el tractor no puede operar con seguridad, los animales son a menudo la única herramienta realista para mantener las laderas abiertas.
La cuestión se convierte, por tanto, en un equilibrio delicado: mantener una carga suficientemente baja para sobrevivir a las peores sequías, pero no tan baja que comprometa la calidad del pasto y el mantenimiento del paisaje agrícola en los años más húmedos.
"Con 140 vacas lecheras hemos encontrado un equilibrio. No vamos a reducir más: todavía necesitamos animales para cuidar la tierra."
También aquí hay margen para ajustes: en años muy húmedos, la valorización de excedentes puede pasar por pacas para venta local, acuerdos con vecinos (intercambio de forraje por estiércol, por ejemplo) o incluso por ajustar temporalmente la recría, siempre sin crear dependencias difíciles de sostener en años secos.
Lecciones para otros ganaderos
El caso de Montmayeur refleja dudas que hoy recorren a ganaderos de muchos territorios: los veranos más calurosos y secos y las lluvias erráticas están fragilizando el modelo clásico basado en pastos, que sostuvo gran parte de la producción lechera en Europa y fuera de ella.
Algunas conclusiones prácticas destacan con claridad:
- Planificar para el año malo, no para el año medio.
- Evaluar el beneficio por hectárea, y no solo los litros por vaca.
- Usar cultivos de ciclo corto y flexibles para cubrir los déficits forrajeros.
- Valorar el coste en trabajo y desgaste mental asociado a cargas ganaderas muy elevadas.
Existen, naturalmente, riesgos. Recortar la cabaña reduce el volumen total y puede afectar a la elegibilidad para ciertos contratos. Las reducciones mal planificadas también pueden disparar el coste unitario si los costes fijos resultan demasiado pesados para una producción menor. Cada explotación necesita hacer sus propias simulaciones, en lugar de copiar las cifras del vecino.
Resiliencia climática: autonomía forrajera y carga ganadera
Dos conceptos aparecen de forma recurrente en estos debates: autonomía forrajera y carga ganadera.
La autonomía forrajera mide qué parte de la alimentación del rebaño se produce dentro de la propia explotación. Una autonomía elevada protege frente a mercados volátiles y roturas de suministro, pero exige superficie, planificación y capacidad de almacenamiento.
La carga ganadera, habitualmente expresada en UG por hectárea, refleja la presión de pastoreo. Una carga alta puede ser eficiente en climas templados y húmedos con crecimiento regular de hierba. Bajo estrés climático, esa misma carga se convierte en un riesgo: obliga a compras caras de alimento o a sacrificios de emergencia.
Es posible ensayar distintos escenarios. Una estrategia consiste en dimensionar la cabaña para la sequía "de cada diez años" en lugar de la "de cada dos años", ajustando el número de animales al peor patrón probable de la década. Otra opción es mantener un núcleo de vacas reproductoras y, en los años buenos, apoyarse en recría comprada o cría por contrato, de modo que el total sea más fácil de ajustar.
También existen soluciones combinadas: una reducción moderada de animales, la transición hacia especies forrajeras más tolerantes a la sequía —como la alfalfa o gramíneas de raíces profundas— y la inversión en almacenamiento de agua de lluvia. Cada medida añade una capa de seguridad; juntas, reducen la probabilidad de que un único verano difícil empuje a la explotación hacia una crisis.
La experiencia de Montmayeur señala una realidad incómoda pero cada vez más evidente: en un clima que se calienta, alejarse de la máxima producción puede, en ciertos casos, reforzar simultáneamente las finanzas y la calidad de vida. Y, a medida que los años de sequía se acumulan, ese balance está cambiando, explotación a explotación, rebaño a rebaño.













