Los chimpancés beben alcohol a diario, y eso puede revelar mucho sobre los humanos.

Una costumbre casi invisible que lleva millones de años repitiéndose

En las profundidades de los bosques africanos, un patrón de alimentación casi imperceptible lleva tiempo despertando la curiosidad de los científicos. Y, de paso, reabre una pregunta muy antigua: ¿de dónde viene, exactamente, nuestra atracción hacia el alcohol?

Observaciones recientes revelan que los chimpancés salvajes consumen cada día cantidades significativas de etanol presente en frutas demasiado maduras o en proceso de fermentación. Un gesto que parece trivial —y que podría repetirse desde hace millones de años— ayuda a entender por qué los seres humanos, en tantas culturas distintas, sienten una inclinación tan marcada hacia las bebidas alcohólicas.

Fruta pasada de madurez: el lugar más inesperado para encontrar alcohol

Cuando pensamos en alcohol, la imagen que nos viene a la mente suele ser social: una cerveza fría, una copa de vino o un cóctel de fin de semana. Pero el etanol —el tipo de alcohol que consumimos habitualmente— no existe solo en botellas. También aparece, en pequeñas cantidades, en alimentos completamente cotidianos.

Productos como el pan de masa madre, la kombucha o incluso la fruta muy madura pueden liberar etanol durante la fermentación. Por lo general, estas concentraciones son tan bajas que no provocan ninguna sensación de embriaguez. Aun así, el mecanismo es exactamente el mismo que hay detrás de cualquier bebida alcohólica: microorganismos que convierten azúcares en alcohol y dióxido de carbono.

En la naturaleza, este proceso ocurre sin ningún tipo de control —y tiene consumidores habituales. En varios bosques africanos, los chimpancés se alimentan con frecuencia de frutas caídas al suelo que, al encontrarse en un estado avanzado de maduración, tienden a concentrar más etanol.

Para los chimpancés, el aroma intenso y el sabor más dulce de la fruta en fermentación parecen funcionar como una invitación constante a comer.

El equivalente a unos 280 ml de cerveza al día

Un estudio publicado el 17 de septiembre de 2025 en la revista Science Advances analizó con detalle el contenido de etanol en frutas consumidas por chimpancés en dos zonas de bosque tropical: el Parque Nacional de Kibale, en Uganda, y el Parque Nacional de Taï, en Costa de Marfil.

El equipo de investigación midió la concentración de etanol en frutas caídas al suelo y cruzó esos datos con el volumen diario de alimento que ingieren los animales. La estimativa resulta llamativa: los chimpancés pueden llegar a consumir alrededor de 4,5 kg de fruta fermentada al día.

En total, esa cantidad equivale, de media, a 14 gramos de etanol puro. Traducido a términos humanos, eso corresponde aproximadamente a unos 280 ml de cerveza al 5% de alcohol —algo así como media pinta en el sistema británico.

Es decir: en un día cualquiera, un chimpancé en el bosque puede ingerir algo comparable a un vaso mediano de cerveza.

Según el biólogo Robert Dudley, de la Universidad de California en Berkeley, incluso niveles bajos de alcohol en la fruta pueden acumularse hasta representar una dosis relevante a lo largo del día, ya que estos primates consumen fruta madura en una proporción estimada de entre el 5% y el 10% de su peso corporal diariamente.

Sin tambaleos: ¿por qué no parecen borrachos?

A pesar de ingerir etanol de forma regular, los chimpancés observados en su hábitat natural no mostraron señales evidentes de embriaguez. No se registraron caídas frecuentes, agresividad fuera de lo habitual ni somnolencia extrema típicamente asociada al alcohol.

Los investigadores señalan que, para que un chimpancé exhibiera una borrachera clara, tendría que comer una cantidad absurda de fruta, tanta que el abdomen quedaría visiblemente hinchado. Esto apunta a una tolerancia fisiológica considerable al etanol cuando este aparece diluido en el alimento.

Este interés por fuentes alcohólicas no es exclusivo de los chimpancés. Otras especies también han sido observadas buscando activamente alcohol: los loris perezosos, pequeños primates nocturnos del sur y sudeste asiático, pueden lamer líquidos con alto contenido alcohólico cuando encuentran la oportunidad, por ejemplo restos de bebidas dejadas por humanos.

Posibles ventajas de comer frutas fermentadas para los chimpancés

La preferencia por frutas muy maduras difícilmente es casual. En esa etapa, la fruta tiende a:

  • aportar más azúcar y, por tanto, más calorías;
  • desprender un olor más intenso, útil para localizar alimento en un bosque denso;
  • caer al suelo con mayor frecuencia, volviéndose más accesible;
  • representar energía concentrada con menos tiempo y esfuerzo de búsqueda.

En este contexto, el etanol podría funcionar como una especie de "señal química" de un recurso altamente energético. Así, los individuos atraídos por ese aroma y ese sabor tendrían, en promedio, más probabilidades de encontrar alimentos ricos en calorías, lo que podría traducirse en una ventaja de supervivencia en entornos competitivos.

Lo que esto sugiere sobre nuestra relación con el alcohol

A partir de estos datos, los autores plantean una hipótesis atrevida: parte de la atracción humana por las bebidas alcohólicas podría tener raíces evolutivas profundas, compartidas con otros primates.

Para el equipo investigador, nuestro interés por el alcohol puede ser un "eco biológico" de un pasado en el que seguir el olor del etanol ayudaba a encontrar frutas nutritivas.

La lógica es directa: a lo largo de millones de años, los primates que buscaban frutas con un ligero contenido alcohólico podían obtener más calorías y energía, aumentando sus posibilidades de sobrevivir, reproducirse y cuidar a sus crías. Esa preferencia sensorial puede haberse mantenido, de forma sutil, hasta llegar a los humanos.

Hoy, la diferencia es el escenario. Ya no hace falta trepar árboles ni rebuscar por el suelo del bosque: basta con abrir el frigorífico. La industria ha transformado el etanol en un producto concentrado, disponible en botellas, latas y vasos, multiplicando la dosis y el acceso —ahora completamente desconectados del contexto original de la fruta fermentada.

De la fruta al vaso: un cambio radical de contexto

En los chimpancés, el etanol se ingiere mezclado con pulpa, fibras, agua y micronutrientes. En los humanos, las bebidas alcohólicas entregan alcohol mucho más concentrado, con digestión sencilla y absorción rápida.

Esta diferencia ayuda a entender cómo un comportamiento que pudo haber sido neutro o incluso ventajoso en el bosque puede convertirse, en las sociedades modernas, en un factor de riesgo para el abuso, la dependencia y las enfermedades asociadas al consumo excesivo.

Contexto Fuente de etanol Forma de consumo Riesgo inmediato
Chimpancés en el bosque Frutas fermentadas Alimento sólido, rico en fibras Bajo: dosis moderadas y espaciadas
Humanos actuales Bebidas alcohólicas Líquido concentrado Elevado: acceso fácil y volúmenes mayores

Un punto adicional que refuerza esta idea es la biología de la metabolización. Algunos investigadores debaten si ciertas adaptaciones en las enzimas que procesan el alcohol —como las implicadas en la descomposición del etanol— pudieron haberse favorecido en linajes expuestos durante mucho tiempo a fruta fermentada. Aunque esto no "prueba" una línea directa entre los chimpancés y los hábitos humanos actuales, esta perspectiva ayuda a entender por qué el alcohol puede activar circuitos de recompensa de forma tan eficaz.

También conviene señalar las limitaciones: el contenido de etanol en la fruta varía según la especie, la temperatura, la humedad y el tiempo que lleva en el suelo. Las estimaciones dependen de muestreos y cálculos sobre cuánto come cada animal. Aun así, el patrón general —consumo regular de fruta con etanol— es consistente y relevante para el debate.

Conceptos clave para entender el estudio

Dos términos aparecen de manera recurrente: etanol y fermentación.

El etanol es el alcohol presente en la cerveza, el vino y las bebidas destiladas. En dosis bajas, el organismo humano puede metabolizarlo con cierta eficiencia. En exceso, aumenta la carga sobre el hígado, el cerebro, el corazón y otros órganos.

La fermentación es el proceso por el que levaduras y ciertas bacterias convierten azúcares en alcohol y gas. El mismo proceso puede ocurrir en un tanque de producción de cerveza o en un conjunto de frutas dejadas el tiempo suficiente en el árbol o en el suelo del bosque.

En los estudios con chimpancés, se mide la concentración de etanol en las frutas para estimar cuánto alcohol se ingiere por kilogramo de alimento y, a partir de ahí, se establecen equivalencias aproximadas con consumos humanos, como la comparación con unos 280 ml de cerveza.

Lo que esta historia dice sobre nuestros hábitos de hoy

Los datos sobre los chimpancés no sirven como excusa para el consumo descontrolado de alcohol. Lo que ofrecen es contexto: ayudan a explicar por qué tantas personas sienten una atracción casi automática hacia las bebidas alcohólicas, incluso conociendo los riesgos.

Una aplicación práctica de este enfoque es observar en qué situaciones el consumo aparece "en piloto automático": encuentros sociales, gestión del estrés, celebraciones. Parte de ese impulso puede estar vinculada a mecanismos antiguos de búsqueda de recompensa energética, mecanismos que, en un mundo con alcohol barato y omnipresente, quedan expuestos a estímulos constantes.

Existe además un debate importante para la salud pública: si hay un componente biológico profundo en esta atracción, las estrategias de prevención podrían ganar eficacia enfocándose menos en la culpa individual y más en el diseño del entorno —menos presión comercial y disponibilidad permanente, más alternativas no alcohólicas atractivas e información clara sobre los límites de consumo de bajo riesgo.

Del bosque de Kibale a los bares de las grandes ciudades, el vínculo entre la fruta fermentada y la copa que brilla bajo las luces es largo, pero quizá más sólido de lo que parece. Entender cómo los chimpancés conviven a diario con el etanol nos ayuda a mirar nuestras propias elecciones con mayor lucidez y a reconocer cómo una predisposición potencialmente útil en otro contexto puede convertirse en un desafío colectivo cuando las condiciones cambian por completo.

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